Perdido en el mañana: Por qué la ansiedad te expulsa del presente y cómo recuperar tu calma
- Aarón Pérez
- 27 nov 2020
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 30 dic 2025
Por Aarón Pérez
Blog: Despertar Consciente
“Hay dos días en la semana que nunca me preocupan. Dos días despreocupados, mantenidos religiosamente libres de miedos y temores. Uno de esos días es ayer... y el otro día que no me preocupa es mañana” - El Golden Day de Robert Burdette
El presente en fuga
Hay emociones que nos roban el ahora: unas atan la mirada al ayer, otras proyectan la mente hacia lo que aún no ocurre. En esta ocasión nos detenemos en esa segunda fuerza: la ansiedad, ese impulso inquieto que te empuja fuera del presente y te deja inmóvil frente a un futuro imaginado. En nuestra cultura incluso se considera “inhumano” no preocuparse por lo que pueda suceder. La ansiedad se convierte entonces en el mecanismo que te mantiene atado a escenarios futuros, a menudo fuera de tu control. Intenta —por contraste— imaginarte sintiéndote culpable por algo que todavía no ha sucedido: absurdo, ¿verdad? Sin embargo, millones de personas viven consternadas por lo que podría pasar. Si tienes zonas extensas de ansiedad, conviene exterminarlas, limpiarlas y esterilizarlas para siempre.
El ruido del mañana
Puedes pasar la vida preocupado por el futuro, y por mucho que te angusties no cambiarás nada. La ansiedad puede definirse como el sentimiento que te inmoviliza en el presente por cosas que podrían suceder. No confundas preocuparse con planear. Planificar el futuro es sano si no te distrae de las acciones necesarias en el presente para construirlo; lo que sí es ansiedad es quedar paralizado hoy por un acontecimiento hipotético de mañana.
Del mismo modo que nuestra sociedad alimenta la culpa, también fomenta la preocupación. La falacia es equiparar “preocuparse” con “amar”. Frases como “me preocupo porque te quiero” parecen naturales, pero el amor es una relación en la que cada persona tiene derecho a ser lo que elige ser, sin condiciones impuestas por la otra. La preocupación no prueba el amor: solo desgasta.

Energía que se pierde
La ansiedad es endémica: perdemos tiempo valioso en preocupaciones que no mejoran nada. ¿Alguno de esos momentos de angustia del pasado cambió realmente el resultado de algo? Si no pasas a la acción, preocuparte carece de sentido. Además, la mayor parte de la ansiedad brota de asuntos sobre los que no tienes control. Y cuando el “peor escenario” finalmente llega, suele ser menos terrible de lo imaginado.
Una historia real
Uno de mis consultantes pasó meses preocupado por la posibilidad de ser despedido y no poder sostener a su familia. La ansiedad era compulsiva: perdió peso, no dormía y enfermaba con frecuencia. En el acompañamiento exploramos lo inútil de preocuparse y todo lo que sí estaba disponible en el presente para entrar en acción, incluidos los apoyos con los que contaba. Finalmente lo despidieron: tres días después consiguió un nuevo empleo, mejor pagado y más satisfactorio. Canalizó su energía en una búsqueda intensa y eficaz. Su familia no pasó hambre y él no se derrumbó. Como tantas veces, el escenario trágico imaginado fue muy distinto de la realidad. Aprendió de primera mano la inutilidad de la ansiedad y eligió una actitud más relajada, no permitiéndose desperdiciar su presente.
Tal vez seas un profesional de la preocupación y produzcas estrés innecesario en tu vida por las decisiones que tomas al preocuparte por todo. O quizá seas de los menos angustiados y solo te inquietes por tus problemas. En cualquier caso, esta “hoja de la preocupación” refleja lo que con más frecuencia nos roba el ahora.
Lo que más nos roba el ahora
La siguiente lista surgió de una conferencia con doscientas personas y se llamó “la hoja de la preocupación”. No está ordenada por frecuencia ni importancia. Las frases entre paréntesis son justificaciones habituales que refuerzan el hábito de preocuparse.

• Mis hijos. ("Todo el mundo se preocupa por sus hijos; no sería buen padre si no me preocupara, ¿verdad?")
Mi salud. ("Si no te preocupa tu salud, te puedes morir en cualquier momento.")
La muerte. ("Nadie quiere morirse; la muerte preocupa a todos.")
Mi trabajo. ("Si no te preocupa tu trabajo, puedes perderlo.")
La economía. ("Alguien tiene que preocuparse; al presidente parece que no le importa nada.")
Un ataque al corazón. ("A todo el mundo le da; el corazón puede detenerse en cualquier momento.")
La seguridad. ("Si no te preocupa la seguridad, puedes terminar en un asilo o viviendo de la caridad.")
La felicidad de mi pareja. ("Dios sabe cuánto me preocupa su felicidad, aunque no me lo reconozcan.")
¿Estaré haciendo bien las cosas? ("Siempre me preocupa hacer las cosas bien y así estoy tranquilo.")
Tener un niño sano si estás embarazada. ("Todas las futuras mamás se preocupan por eso.")
Precios. ("Alguien debe preocuparse antes de que suban tanto que desaparezcan de nuestra vista.")
Accidentes. ("Me preocupa que mi pareja o mis hijos sufran un accidente; es natural, ¿no?")
Lo que piensan los demás. ("Me preocupa que mis amigos no me quieran.")
Mi peso. ("Nadie quiere ser gordo; es natural que me preocupe.")
Dinero. ("Nunca alcanza; me preocupa que algún día no tengamos nada y vivamos de la caridad o del Estado.")
Que el coche se descomponga. ("Es un cacharro viejo; me preocupa que se averíe en la autopista y lo que pasaría si ocurre.")
Mis cuentas. ("Todo el mundo se preocupa por pagar sus cuentas; no serías humano si no te preocuparas.")
La muerte de mis padres. ("Me enfermo de solo pensarlo; me preocupa quedarme solo y no poder arreglármelas.")
Irme al Cielo o ¿y si no hay Dios? ("No puedo soportar la idea de que no haya nada.")
La meteorología. ("Planeo un picnic y de repente llueve; me preocupa que no haya nieve si vamos a esquiar.")
Envejecer. ("Nadie quiere envejecer; a todo el mundo le preocupa.")
Viajar en avión. ("Se oyen tantos accidentes.")
La virginidad de mi hija. ("A todo padre que quiere a su hija le preocupa que la hagan sufrir o que se meta en algún lío.")
Hablar en público. ("Me paralizo al hablar ante mucha gente y me muero de preocupación antes de hacerlo.")
Cuando mi cónyuge no me llama. ("Es normal preocuparse cuando uno no sabe dónde está la persona que ama.")
Ir a la ciudad. ("Cada salida es una jungla; me preocupa conseguir estacionamiento.")
Y quizá el más neurótico: No tener nada de qué preocuparse. ("No puedo estar tranquilo cuando todo parece marchar bien; me preocupa no saber qué va a pasar.")
Más preocupación que acción
Esta lista bien puede representar nuestra hoja cultural de preocupaciones. Se le da más importancia a preocuparse que a actuar: “si todos los involucrados se inquietan mucho más, quizá se solucione el problema”. Para eliminar la preocupación es necesario comprender su causa. Si la preocupación ocupa un lugar central en tu vida, casi seguro tiene raíces en tu pasado que la respaldan.
Dividendos que te encadenan
Retribuciones psicológicas de la ansiedad
La preocupación es una actividad del presente. Si te inmovilizas por el futuro, evitas el ahora y lo percibes como una amenaza.
Puedes evitar riesgos utilizando tus preocupaciones como excusa para quedarte inmóvil: “no puedo hacer nada; estoy demasiado preocupado”.
Puedes autodenominarte “cariñoso” porque te preocupas por los demás. Es un dividendo emocional atractivo pero ilógico: preocuparse no es amar.
La preocupación justifica comportamientos autofrustrantes. Si tienes sobrepeso, quizá comes de más cuando te preocupas; si fumas, tal vez fumas más en situaciones difíciles. Así evitas el cambio: es más fácil angustiarse por los dolores en el pecho que correr el riesgo de averiguar la verdad.
La preocupación impide que vivas. Los angustiados se quedan quietos mientras las personas activas necesitan moverse. Preocuparse es más fácil que comprometerse con la acción, aunque menos estimulante y menos agradable.
La preocupación puede provocar dolencias físicas (úlceras, hipertensión, calambres, dolores de cabeza y de espalda). Aunque no son “beneficios”, generan atención de los demás y autocompasión, y muchas personas prefieren ser compadecidas antes que realizarse.
Soltar la segunda maleta
Quizá ahora comprendas mejor el sistema psicológico que sostiene tu preocupación y puedas empezar a delinear estrategias para deshacerte de la ansiedad. Somos viajeros con dos maletas: una cargada de recuerdos que atan y otra llena de miedos que empujan. Soltar la primera te permitió caminar más ligero; soltar la segunda te devolverá el presente.
“Ahora es tu momento: ¿Qué pensamientos sobre el futuro te están robando el presente? ¿Te atreves a soltar la segunda maleta y caminar más ligero? Cuéntamelo en los comentarios.
Gracias por leerme. Si esta reflexión resonó contigo, compártela para que más personas puedan recuperar su calma.”

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