El juego interior: lo que no se ve en el deporte (Parte 1 de 2)
- Aarón Pérez
- 16 jul 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 9 dic 2025
Por Aarón Pérez
Blog: Despertar Consciente
¿Puedo ser un crack?
El camino al éxito está lleno de obstáculos. Reveses inesperados que nos obligan a replantear metas, a reinventarnos. Ni siquiera Michael Jordan, considerado por muchos como el mejor basquetbolista de la historia, escapó a esta realidad.
En 1978, durante las pruebas para el primer equipo del Instituto Laney, el joven Jordan escuchó una frase que lo marcaría para siempre: “Tu sitio está con el cuadro junior.” El técnico Clifton 'Pop' Herring no lo “cortó”, como se ha repetido durante décadas, simplemente lo ubicó en un equipo más acorde a su nivel en ese momento. Jordan, con 15 años y 1.78 m de estatura, era moderadamente bueno: manejaba bien el balón, tenía buen tiro, pero defendía mal. Cincuenta chicos compitiendo por 15 lugares en el equipo A y otros 15 en el Junior. La competencia era feroz.

Lo que parecía un rechazo se convirtió en el motor de su transformación. Jordan se obsesionó con mejorar cada aspecto de su juego. En el equipo junior se convirtió en el referente ofensivo absoluto. Aquel noviembre de 1978, en Carolina del Norte, no solo se escribía una página deportiva: moría el niño frustrado y nacía el competidor irreductible.
El maestro zen y el arte de liderar
En 1989, Phil Jackson llegó a Chicago como entrenador en jefe. Su visión del baloncesto era tan profunda como poco convencional. “Admito que no soy un experto en teoría del liderazgo —dijo— pero sé que transformar a un grupo de jóvenes ambiciosos en un equipo campeón no es un proceso mecánico. Es un arte que requiere corazón abierto, mente despejada y curiosidad por el espíritu humano.”

Jackson abandonó sus estudios de ciencias políticas para sumergirse en la psicología, la religión y la filosofía oriental. Fue apodado El Maestro Zen. Introdujo prácticas como la meditación en los entrenamientos, y bajo su guía, los Bulls ganaron seis campeonatos en la década de los noventa.
“Cuando relleno formularios, en la casilla profesión escribo ‘mago’”, confesó Jackson. “Porque equilibrar egos en la NBA es hacer magia.”
¿Qué hace a un crack?
¿Jordan habría sido el mismo sin aquel rechazo? ¿Sin la influencia de Jackson? ¿Qué lleva a alguien a superar sus límites mientras otros se rinden ante experiencias similares?
Estas preguntas nos llevan a una reflexión más profunda: ¿el talento es innato o se desarrolla? ¿Qué factores permiten que una persona promedio eleve su rendimiento por encima del resto?
Historias como la de Jordan nos muestran que hay algo más allá del talento. Algo que no está en los músculos, sino en la mente.
El talento está en el cerebro
La neurociencia ha demostrado que la técnica de un jugador no reside en su cuerpo, sino en su cerebro. Es el cerebro quien controla cada movimiento, cada decisión. Durante años se habló de hemisferios izquierdo y derecho como responsables de ciertas habilidades. Hoy sabemos que esa teoría está obsoleta.
Todos los cerebros funcionan igual en estructura, pero se moldean de forma única por las experiencias. Cada vivencia crea neuronas que almacenan no solo información sensorial, sino también pensamientos, emociones y significados. Estas neuronas se conectan formando redes que automatizan comportamientos: caminar, hablar, jugar.
Al repetir una acción, el cerebro la convierte en hábito. Así, el jugador no piensa cómo moverse, simplemente lo hace. Este proceso de automatización permite ahorrar energía, reservándola para tareas que requieren atención consciente.

Aprender es cambiar
La neurociencia también ha desmontado el mito de que usamos solo el 10% del cerebro. En realidad, usamos todo el cerebro, pero nunca más del 2% al mismo tiempo. ¿Por qué? Porque cada red neuronal que se activa requiere apagar otras para evitar sobrecarga.
Un deportista en plena competencia puede estar pensando en el juego, pero también en sus problemas personales, en la prensa, en el clima, en el árbitro. Cada pensamiento adicional consume energía y puede apagar redes motoras esenciales para el rendimiento.
Por eso, el talento no es solo habilidad física. Es la capacidad de procesar información de forma eficiente, de mantener el foco, de minimizar interferencias. Es inteligencia emocional, flexibilidad cognitiva, y sobre todo, conciencia.
El talento no es un misterio inexplicable.
El talento es el resultado de lo que piensas, sientes y crees. Si siempre piensas igual, harás lo mismo. Si quieres cambiar, tienes que aprender. Y aprender, en esencia, es cambiar. Si aprender es cambiar, ¿qué más necesitamos para liberar nuestro potencial? En la siguiente parte exploraremos cómo las emociones, el estrés y hasta el dolor influyen en tu rendimiento… y en tu vida. No te pierdas la Parte 2: “El juego interior: lo que no se ve en el deporte”.
Ahora es tu turno: ¿Qué interferencias crees que están limitando tu potencial hoy?
💬 Compártelo en los comentarios y hagamos visible lo que no se ve en el juego interior.
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